• Columna de opinión.
  • Escrita por: Julio Ríos.
  • @julio_rios

Tras los resultados de la elección en Coahuila, surgieron voces que hablan de un supuesto resurgimiento del Partido Revolucionario Institucional, que habría “arrasado” en los comicios del domingo, y de una debacle de Morena. Ambas interpretaciones son exageradas.

Coahuila ha sido históricamente un bastión tricolor, con un arraigo profundo y un catálogo conocido de “malas artes” electorales desplegadas en distintos momentos de su historia. Lo ocurrido no puede considerarse una sorpresa. Incluso la presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel, denunció una operación de compra de votos a 500 pesos por boleta, sofisticada ahora mediante plataformas con códigos QR que exigían subir la foto del sufragio. Todo ello era previsible, y Morena no puede alegar sorpresa: debió haber tomado medidas preventivas suficientes.

Sin embargo, tampoco debe minimizarse lo sucedido. Morena está obligado a cumplir la promesa de la presidenta de México y de su dirigencia nacional: erradicar los perfiles cuestionables que dañan la credibilidad del movimiento. La elección en Coahuila confirma que la limpieza interna es una tarea urgente.

Los resultados también explican por qué Claudia Sheinbaum buscó realizar ajustes en la estructura del partido. Lo ocurrido el domingo se atribuye directamente a la dirigencia encabezada por Luisa María Alcalde. A ella y su equipo les tocó toda la preparación y buen trecho de esa elección.

Pero sobre todo al operador político designado en Durango y Coahuila: Andy López Beltrán, hijo del líder moral de Morena y expresidente Andrés Manuel López Obrador. No es casualidad que ambos ya estén fuera de la estructura partidista.

La elección en Coahuila no es un renacimiento del PRI ni una catástrofe para Morena. Es, más bien, un recordatorio de que los viejos métodos siguen vigentes y de que la credibilidad de la Cuarta Transformación depende de limpiar sus filas y profesionalizar su operación política.