• Columna de opinión.
  • Escrita por: Julio Ríos
  • X: @julio_rios

La próxima visita a México del rey de España, Felipe VI, y su potencial encuentro con la presidenta Claudia Sheinbaum es, sin duda, una buena noticia. Más allá del protocolo, este acercamiento que de acuerdo con la mandataria se está preparando posiblemente, representa una oportunidad estratégica para comenzar a resolver los pendientes heredados de la administración anterior; fricciones innecesarias que restan dinamismo a la política exterior del actual gobierno.

Es indudable que los gestos de sensibilidad histórica, como la exigencia de ofrecer disculpas a los pueblos originarios por los agravios de la Conquista, son legítimos y bienvenidos. Sin embargo, la forma en que el expresidente Andrés Manuel López Obrador planteó esta demanda resultó excesivamente ruda y ajena a los cánones de la diplomacia tradicional. Un reclamo de tal envergadura requería un tono distinto, precedido por negociaciones bilaterales que permitieran un anuncio conjunto y consensuado, en lugar de lanzar un órdago unilateral que congeló los canales institucionales.

Tras el relevo en el Poder Ejecutivo mexicano, parece asomar una disposición mutua para restablecer una relación bilateral sana entre dos naciones ligadas por profundos vínculos. En este debate, la precisión histórica es fundamental: las grandes civilizaciones precolombinas poseían avances científicos, astronómicos y políticos que rivalizaban con los de cualquier continente, lo que desploma por completo la vieja narrativa colonialista de que Europa vino a “civilizar” estas tierras.

Asimismo, las masacres y abusos cometidos durante el proceso de conquista están profusamente documentados por los propios cronistas y misioneros de la época. Negar la aniquilación y el trauma fundacional sería un error; reconocerlo y mantenerlo en la memoria colectiva es un deber moral.

No obstante, la madurez histórica también nos exige entender que, a cinco siglos de distancia, reconocer las enormes aportaciones culturales derivadas del sincretismo no nos convierte en traidores. Nuestra identidad actual está indisolublemente ligada a esa fusión: se respira en la religiosidad popular, se palpa en la riqueza gastronómica y se manifiesta en las expresiones lingüísticas y artísticas que compartimos.

Por donde se le mire, el acercamiento entre la Corona española y la Presidencia de la República es un acierto. Aunque el motivo inicial de la visita real obedezca a un conocido evento deportivo en Jalisco —el encuentro de fútbol entre las selecciones de España y Uruguay—, el espacio político que se abre es idóneo para cicatrizar heridas superficiales. Para la presidenta Sheinbaum, representa la coyuntura perfecta para desactivar un conflicto que ella no generó, limpiar la percepción pública internacional y demostrar que la soberanía no está peleada con la altura diplomática. Es tiempo de que dos paises unidos por la historia actúen, finalmente, como naciones hermanas.