• Escrita por: Eduardo González Velázquez

El tercer domingo de marzo entró un norte a Houston. Sorprendió a propios y extraños. El gélido ventarrón cala en los huesos como el temor mismo a ser detenido por los agentes del ICE. Todo se entumece. Desde una noche antes hasta el día siguiente el viento no paró de soplar. La semana arrancó fría como el ambiente que atraviesa los pensamientos de las personas migrantes. Algunos “nos congelamos solo de mirar que llega la migra, aunque no quieras te paralizas como si al estar quieto consiguieras que no te vean”.

El helado ambiente parece petrificar la memoria; los recuerdos se alejan o fluyen lentamente hacia un recuerdo que prefiere callarse, las evocaciones se desvanecen en el pretérito al tiempo que son muy escogidas por los migrantes sabedores que sufrirán cuando las aprehenden. No todos quieren hablar, por ello cambio las preguntas, modifico su orden, enmiendo la manera de abordar a los “sin papeles”. Choco con una barricada: “la memoria busca borrar lo malo”, me reafirma Joseyn al tiempo que acomoda las bolsas de la botana “Diana” en los anaqueles del supermercado Fiesta, “por eso no le rascamos al pasado”.

Entiendo que el sigilo además de usarlo para no escudriñar lo vivido, también cobra sentido como mecanismo de protección para resguardar el enfurecimiento de los migrantes contra Donald Trump. Las miradas las bajan, las esconden, no todos quieren hablar. Sin decir nada, con la misma filosofía, Miguel me da la espalda y me deja hablando solo sin que pueda encontrar respuesta a mi pregunta: “¿cómo te va la vida con Donald Trump?”.

Los nombres de las personas son falsos

La prudencia en el hablar se olvida en las tiendas Fiesta y El Rancho, dos lugares “para que no extrañes tu tierra”, rezan su publicidad. Los pasillos de los supermercados suenan en español. El resquemor no los abandona y sus miradas enfurecidas se encuentran entre la estantería: “antes de Trump venía mucha gente, hoy andan asustados salen poco”, me comenta un trabajador del área de frutas y verduras. “Lo que te puedo decir, continúa, es que hay una furia, una rabia contra el presidente”.

No necesitan repetírmelo la ira se respira por doquier, la exasperación es la constante en los centros de trabajo, de culto, escolares, recreativos, en el transporte público, en las plazas comerciales como le sucede a Esther, una cocinera del estado de Guerrero jovial y muy dispuesta a platicar, pero enmudece solo con escuchar el nombre de Trump, “tengo miedo de que me deporten por lo que diga”, sonó su voz atemorizada. Se mira confundida: “que rara entrevista” y guarda silencio. Su compañera salvadoreña le dice “dile lo que pensamos, que Trump está loco”. Esther enfundada en un impecable delantal amarillo se mira a disgusto, busca la manera de huir. “Prefiero no hablar”. Otros aceptan las entrevistas, pero a discreción.

El enojo y el disimulo se materializa en el ocultamiento “si no necesito algo a qué salgo, solo me arriesgo”, me refiere una mujer joven en medio de su jornada en la washatería. Un trabajador de la construcción me dice con enfado: “si te miran en una troca con escaleras en la cajuela te paran los del hielito”. Su desesperación por no poder salir a trabajar al “no tener papeles” se dibuja en su rostro e impacta en la economía familiar y los comercios de la ciudad.

Los nombres de las personas son falsos

El enojo no es solo por la persecución de los agentes del ICE que cumplen las órdenes emitidas por el inquilino de la Casa Blanca, sino también porque al trabajar poco no se gana lo suficiente para solventar las necesidades del día a día. Esto los ha llevado a dejar de lado las compras en tiendas como Ross, TJ Max, Burlington, Target, Melrose que a consecuencia de la inflación se han vuelto más caras, convirtiendo a lugares como dd,s discount en las opciones económicas para comprar lo más básico. Aunque en general, muchos anaqueles de las tiendas se muestran con poca mercancía y reducida clientela. Lo barato se volvió caro. “3 dólares en la mesa (ahí hay de todo) y de 2 a 5 dólares la ropa colgada”, son las ofertas cotidianas. Espulgan y vuelven a espulgar entre los famélicos precios para luego soltar y no comprar. El enojo aumenta. La desesperación crece.

Mientras despacha en la traila de pupusas “Nuevo Amanecer”, la salvadoreña Arlyn afirma: “a Trump todos lo rechazan. Trump todo lo deshace”, y un migrante de la Ciudad de México tercia: “con Trump no hay vida. Hasta los gringos están arrepentidos de él. La gente ya no lo quiere, todos los hispanos que votaron por él están arrepentidos, muchos de sus familiares han sido deportados”. A la conversación se incorpora el marido de Arlyn, un llantero de grandes manos y físico robusto como su temor porque no tiene permiso para trabajar: “me tengo que cuidar todos los días, es un riesgo salir”.

Los nombres de las personas son falsos

El tiempo que le falta a Trump para salir de la presidencia se va a poner peor, tiene demasiado poder. Nada parece detenerlo. Nada lo satisface. Todos los días exige mayores detenciones, más deportaciones. No tiene límites. Estamos cansados, atemorizados, es el combo de reflexiones de tres migrantes en la taquería Los Nopalitos.

La ira contenida y el mutismo como arma de supervivencia; el enojo y la afonía como una misma estrategia de rechazo. Así, y no de otra manera, los migrantes latinos aguantan hoy el asedio trumpiano.