- Escrito por: Eduardo González Velázquez.
Padecer la obligatoriedad migratoria nubla el presente. Oscurece el porvenir. Agrieta lo construido. Sacude las raíces. Enmudece el habla abocada a lo venidero. Atomiza los cuerpos otrora atados al centro, al tiempo que se desvanecen los lazos que hacen las veces de un endeble aglutinante incapaz de sujetar a los familiares que “deciden” escapar en busca de “algo” diferente a lo vivido.
Cuerpos cuya esmirriada densidad se adelgaza cada vez más al trote de sus pisadas en tanto dejan detrás el umbral de la alicaída puerta que nadie alcanzó a cerrar, porque ninguno permaneció, porque no había nada para arraigarse, porque todo lo perdieron hasta las ganas de migrar, porque cuando la ausencia desliza a la presencia solo queda ir tras la ahuyentada existencia mientras la puerta permanecerá abierta buscando en la lontananza las siluetas que se escabulleron antes de perecer sobre la tierra agrietada que las vio nacer.
Esta realidad vuelve casi imposible aprehender un lugar para vivir. Ni siquiera un espacio para fantasear con tener lo que jamás se ha poseído. La territorialidad que se pisa, la vereda desamparada, el horizonte que entre más se trota más alejado se muestra, son promesas sobre el imaginario que los mayores dibujan con palabras para mitigar las preguntas realizadas por los acompañantes más pequeños quienes no atienden el descernimiento sentido del tránsito sin fin. Marcha que continúa a pesar de estar quietos porque nunca terminan de llegar. “A veces pienso que siempre me moveré, aunque ya me cansé”, se escucha la voz de Jenny quien amamanta a su pequeño de dos meses de nacido, al tiempo que escucha a su pareja decir: “ya nos han corrido de todos lados”.
Son cuerpos deshabitados que exclusivamente se tienen entre ellos. Más allá de su contorno no hay nada. Familias y más familias. Todas con niños, niñas y adolescentes cuyas miradas no trascienden las fronteras de sus madres y padres. Allende solo se respira inseguridad. Prole recargada en sí misma. Se añora lo que proyectaban encontrar. Genera coraje lo que sucedió: “de todos lados nos echan, hasta de nuestro pueblo”, se suceden los recuerdos envueltos por la rabia de sentirse ajenos en cualquier lugar que pisan.

El anhelo de la población migrante venezolana es radicarse en Brasil, Ecuador o Colombia.
Proceden de todos lados. En principio, Bogotá los abraza únicamente por tres días bajo la protección de la Fundación de Atención al Migrante donde las personas migrantes obtienen alimento, ropa, medicinas, agua caliente, acceso a los sanitarios, orientación en rutas de transporte para continuar su trayecto o llegar a un lugar seguro, escucha activa y primeros auxilios médicos, emocionales y espirituales, talleres de prevención y promoción en derechos humanos, salud, autocuidado, prevención de la trata de personas y orientación para la integración a la comunidad, así como una tranquilidad pasajera antes de salir de nueva cuenta a las calles rumbo a la central camionera para recoger sus pertenencias dejadas en custodia el día que arribaron a la capital colombiana para caminar al albergue en busca “de lo que sea”. Así mero es, cuando no se posee ni a uno mismo “lo que sea” es suficiente.
Al menos dos docenas de migrantes llegan al albergue semanalmente. “Ni con todos los recursos económicos y materiales que tenemos podemos atender a las personas que tocan nuestra puerta”, una alta reja color azul que se muestra impenetrable “por seguridad”. Casi todo el recurso se nos va en pagarles el pasaje a sus lugares de origen o a otra ciudad donde quieran instalarse”, comenta una de las encargadas del lugar. Por eso la importancia de su Plan Padrino mediante el cual la Fundación solicita “ayuda para la reconstrucción de la vida a través del alojamiento temporal, formación y capacitación para el empoderamiento.
Esta semana coinciden hombres y mujeres venezolanas y colombianas desprovistos hasta del pasado, ya no se diga del futuro: “así es menos hablar del futuro”, se escucha seca la voz de un migrante en busca de su mochila. Eso es todo lo que porta. Unos vienen de Chile, otros de Ecuador, algunos quieren quedarse en Colombia, otros más intentarán alcanzar México, Estados Unidos o España. Por lo pronto nadie sabe dónde pasarán la noche cuando dejen el albergue. “Todos los que estamos aquí salimos hoy, y de nuevo llega la angustia, no sabes dónde vas a quedar con tus hijos, una comida o algo estable para ellos. No tenemos plan. Tal vez vendamos algo en la calle chupetas, jugones, cosas así, pero no es legal. Entonces estamos mirando qué vamos a hacer”, comenta una de las migrantes, minutos antes de atender el último llamado a comer previo a dejar el albergue.

La Fundación de Atención al Migrante tiene un Plan Padrino para ayudar con recursos a visitantes.
Las medidas antimigratorias del gobierno de Donald Trump provocaron que, en solo seis meses, la cantidad de repatriados sea el mismo que en todo 2024. De acuerdo con el reporte del Centro de Intercambio de Información sobre Registros Transaccionales (Trac Report), durante los primeros seis meses de 2025, 23 mil 045 colombianos fueron deportados de Estados Unidos. Con ello, las deportaciones de colombianos desde Estados Unidos alcanzan su cifra más alta en casi 30 años. Actualmente Colombia se ubica como el quinto país con mayor número de deportados desde Estados Unidos, detrás de México, Honduras, Guatemala y Venezuela.
Una mujer muestra una caja con perfumes que carga desde que la deportaron de Chile. ¿Y esos perfumes?, le pregunto: “son para venderlos en las esquinas, los cargo hace días. Cuando los venda rellenaré mi caja, con eso nos mantenemos mis dos hijos, mi esposo y yo”. Luego de enfundarse su pequeño morral y tomar una botella de agua, levanta su caja de cartón envuelta en aromáticos olores que al menos le agradan el olfato mientras pisa las calles bogotanas. Cuando el peso de la caja la vence se la pasa a su hijo el mayor.
La misión de la Fundación es liderada por las Hermanas Misioneras Scalabriniana quienes forman parte de la Congregación de San Carlos Borromeo–Scalabriniano dedicada a la atención pastoral, social y humanitaria de personas migrantes en todo el mundo. En Bogotá cuentan con tres sedes para una atención integral: Centro de Acogida de la Terminal de Transporte Terrestre-CATTT, Centro de Atención CAMIG 1 y CAMIG 2 que funcionan como alojamientos temporales colectivos, y uno más en Ciudad Bolívar en la subregión suroeste del departamento de Antioquia, el Centro Pastoral de Capacitación en Ciudad Bolívar orientado a la formación de personas migrantes con vocación de permanencia en Colombia.

La ludoteca es el espacio en el cual se toma una pausa para olvidar el trajín.
El albergue del Centro de Atención al Migrante cuenta con varias habitaciones para hombres y mujeres con un número adecuado de camas literas. En un sótano está un gran almacén, una especia de gran ropero con cientos de piezas de vestidos, pantalones, blusas, camisas, zapatos, suéteres, chamarras y mochilas para todas las edades. Para los menores montaron una ludoteca con piso multicolor y unos anaqueles con juguetes y libros donde pasan buena parte del día distrayéndose y olvidando el trajín vivido antes de llegar a ese lugar. En el patio interior del edificio, al pie de una gran cruz, el sillerío blanco es aprehendido como última estación por el silencio de los migrantes que retumba mientras solo aguardan el llamado para salir del lugar. Su mirada no despega la atención a los bultos y bolsas con sus pertenencias que posan frente a ellos. “Ya pasamos a rezar”, dice un grupo que sale de la pequeña capilla de paredes blancas con espacio para veinticinco peregrinos resguardados por la imagen de la virgen de Guadalupe colgada a la entrada del recinto religioso.
Luego de desayunar un pequeño niño se enfunda en la bolsa de su pantalón una barbie despeinada y desnuda igual que la posteridad de su cancerbero. Los pasillos y paredes cobrizas dominadas por el sigilo nos dan la impresión de soledad, “aunque somos muchos, casi no hablamos” comenta el mayor de los migrantes, con un rostro imposibilitado para maquillar la zozobra de lo vivido, la pesadumbre y ansiedad de lo que vendrá, la congoja y tristeza por los pequeños arrancados de su niñez en ciernes.

El mochilazo es la esperanza de la población migrante.
“Suerte, que les vaya bien, se cuidan, que lleguen con bien, en la terminal los esperan”, palabras de aliento que resuenan como incierta despedida. Por las aceras a unas diez calles de la central de autobuses unos cargan bolsas de plástico, otros morraletas, cajas y pequeñas maletas. “Todos venimos de mochilazo”. El pago de un coyote dependerá del camino. “No llevamos plata, vamos a ver cómo es cruzar a Ecuador, es la primera vez que vamos a pasar, necesitamos ver cómo es la situación”, la voz se escucha temerosa, insegura por lo que vendrá. “Pero ya estamos aquí, en Venezuela no hay a qué regresar, mejor nos la jugamos en Ecuador o de plano en Colombia. En nombre de Dios todo saldrá bien”, se repone de su vacilante presente, y remata: “Primero era quedarse aquí para después seguir”.
Arremolinados frente al local de la Fundación en la terminal de autobuses solo hay pasajes para un par de familias, los demás deberán salir a la calle y buscar el camino. Un joven de 16 años me lanza su anhelo sin mediar pregunta: “Quiero ir a Estados Unidos. A cualquier parte. Tengo familia allá, pero no sé dónde están. También quisiera conocer México, pero por lo pronto me quedaré aquí esperando obtener mi PPT (permiso para trabajar) en Bogotá”. Alguien lo escucha y tercia la conversación: “Me han dicho que México es muy bonito. Nosotros vamos hasta Ecuador. Allá tenemos familia que nos espera en Quito”. Se animan a platicar y otro lanza su plan: “Yo tengo pensado subirme a Brasil, ya estuve allá y me gustó”. “Cuando yo subí para México llegué hasta el desierto en Sonora y de allá me regresaron”, parece cerrar la conversación otro hombre joven.
Sin embargo, faltaba una historia más. Esa que se guarda en la garganta porque cuando se comparte quema, al verbalizarse lastima, su recuerdo lacera, y lo que se quiere es sepultarla en el pasado. A pesar de ello, una mujer migrante me comparte la dolorosa historia de su hermano: “A mi hermano lo mataron de muchos balazos allá en México, apenas tenía 26 años y se dedicaba a cobrar préstamos de gota a gota. Su cuerpo se lo entregaron a mi mamá en Ciudad Juárez, hasta allá había llegado con la intención de cruzar a Estados Unidos”.

Las donaciones facilitan que la Fundacion De Atencion Al Migrante lleve a cabo sus proyectos.
“Por eso mejor nos vamos a Chile y tal vez más luego saquemos el pasaporte y volemos a España. Allá vive la madre de mi esposo y yo, pues, voy a donde va él. En Chile ya estuvimos tres años. Si no podemos ir a España entonces nos iríamos a México donde vive mi mamá desde el asesinato de mi hermano”. Desde luego, tiene muy claro que a México “no podemos llegar sin papeles porque nos regresan”.
Comienza la despedida, la cargada de bultos, el reacomodo de las cosas, la “carrera” al sanitario, el estrés de lo que vendrá, alguno lanza la promesa vacía: “nos vemos luego”. Antes de despedirse, otro venezolano me confirma: “Yo llegué a Colombia para trabajar y terminé perdiéndome”.
En instantes todos los desajustados cuerpos migrantes me dan la espalda. No atino a dónde los llevarán su lento andar. Me doy cuenta de que no se perdieron, sino yacen en medio y sin orillas.
















