Por: José Vega Talamantes

Dicen algunas personas que, cuando un amigo tuyo abra un nuevo negocio, no vayas con la idea de que te haga un “generoso” descuento en el servicio o bien que vende, pues en nada lo ayudas. Por el contrario, ve a consumir a su establecimiento al precio que realmente tiene lo que ofrece para que lo fortalezcas, sobre todo en sus inicios.

 

En el caso de los abogados ocurre algo curioso, cuando se trata del servicio que ofrecen o del bien (conocimiento) que ponen a disposición de la sociedad.

 

Es común para el abogado recibir consultas de temas nada menores, pero que se tiene la percepción de que pueden ser resueltos a través de una conversación en mensajería instantánea y, peor aún, gratis. Esa es una óptica curiosa (por decir lo menos) que se tiene de quien decide vivir del ejercicio del derecho.

 

En otra faceta de esta relación que se trata de tener con los abogados, valga la anécdota, alguna ocasión me tocó abordar un tema que en el momento era novedoso, con un alto funcionario de una de las instituciones para las cuales he trabajado.

 

Confieso que sentí un poco de pena cuando, de pronto, me di cuenta de que él creyó que comprendía bien el punto, sólo porque pudo leer (en voz alta) los ocho o nueve artículos legales que abordaban esa temática y, según él, explicarlos uno a uno con sus palabras. ¿Su formación profesional? Licenciado en administración de empresas. No es de extrañarse que un servidor no viera el caso de seguir ahondando en los puntos álgidos de la cuestión analizada.

 

En los ámbitos en que personas ajenas al derecho como formación profesional deben convivir con abogados en su día a día, es común también que acuden al “jurídico” no con una postura de pedir opinión sino, más bien, pretendiendo que ya llevan la solución, y que al abogado sólo le corresponde darle forma “aceptablemente legal”.

 

En otro aspecto, hay carreras profesionales que guardan una relación muy estrecha con la abogacía, y que necesitan coordinar su trabajo con el área jurídica del lugar en el que laboran.

 

Por ejemplo, en el ámbito público, pueden estar en ese caso los politólogos y los economistas, por citar algunos ejemplos. De hecho, cada vez es más común que estos últimos deciden cursar la carrera de derecho o algún programa de posgrado en derecho, para comprender de mejor forma los aspectos jurídicos de su trabajo.

 

Algo así ocurre con los abogados que cursan la carrera de contaduría para comprender el teje y maneje de lo fiscal o viceversa: los contadores que estudian derecho para litigar sus propios asuntos fiscales.

 

En fin, la carrera de la abogacía, se quiera o no, permea prácticamente en todos los ámbitos y actividades de la sociedad. Es probable que, precisamente por ello, suele haber sectores que no valoran la abogacía, al ver que se ejerce de forma tan cotidiana o dicho de otra manera, que está metida en todo.

 

Vale la pena aclarar que existe un sector que sí merece ser infravalorado, y que probablemente ha sido el causante de lo anterior: el abogado tramitólogo. Sí, ese que sabe hacer muchos trámites ante diversas autoridades y tiene título de licenciado en derecho, pero jamás se formó como jurista. Con el debido respeto a quienes se dedican a ello, para realizar una gran parte de esos trámites no se necesita título de licenciado en derecho.

 

La carrera del licenciado en derecho se forma durante toda una vida. Entre más larga que sea esa vida se tiene mayor oportunidad de desarrollar un perfil de jurista, pero nunca podrá decirse que esa preparación tenga fecha de término. Simplemente, cuando un abogado se retira, lo hace de sus actividades, pero no porque se pueda asumir que ya no requiere de mayor bagaje.

 

Es una carrera dura, pero no se le suele asociar con la extenuante labor de un médico (por ejemplo). Mientras un médico puede ser considerado como un héroe, la connotación del abogado suele ser más bien, la del profesionista que va a sacar dinero al cliente y que “no resuelve el asunto”.

 

Así, si usted tiene un amigo abogado (especialmente de los que honran la profesión) y realmente requiere de sus servicios, valórelo.

 

No vaya con la idea de que debe salirle barato el servicio, mucho menos gratis. No vaya con la idea de que le debe ayudar a salir rápido del vericueto en el que se metió. Tampoco vaya con la idea de que debe simplificarle todo en 10 palabras, porque muchos de los problemas de la sociedad no son simples.

 

Y si no tiene un amigo abogado, vaya y consiga uno. Ya se está tardando.

 

¡Feliz día a todas las abogadas y abogados de este país!

 

Esta columna tomará un necesario descanso durante lo que resta del mes de julio. Nos vemos entrando el mes de agosto, esperando regresar con renovadas ideas. Hasta pronto.