- Columna de opinión.
- Escrita por: Julio Ríos.
- X: @julio_rios.
Con la reciente revelación sobre Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad Pública de Tabasco, actualmente prófugo con ficha roja de Interpol, el exgobernador Adán Augusto López Hernández, parece estar entre la espada y la pared.
Un ejmplo. Cuando el expresidente Felipe Calderón frente a su exsecretario Genaro García Luna, condenado en EE.UU. Calderón sostiene que desconocía las andanzas de su colaborador, suena inverosímil.
La evasión de responsabilidad bajo el argumento de desconocimiento, no exime, agrava.
El politólogo Carl Friedrich sostenía que “la responsabilidad política implica no solo responder por los actos propios, sino también por los actos de aquellos a quienes se les ha delegado autoridad”.
En otras palabras, el gobernante no puede deslindarse de las acciones de sus colaboradores, especialmente cuando él mismo los eligió para funciones tan delicadas como la seguridad pública.
Max Weber, en su ensayo La política como vocación, advertía que el político debe actuar con “ética de la responsabilidad”, entendida como la capacidad de prever las consecuencias de sus decisiones.
Nombrar a un funcionario sin conocer a fondo sus antecedentes, o peor aún, ignorarlos deliberadamente, es una falta grave que erosiona la legitimidad institucional.
Si Adán Augusto conocía los vínculos de su ex colaborador y aún así lo nombró, estamos ante una decisión temeraria. Si no los conocía, entonces su criterio de selección fue negligente.
A todos quienes encabezan gobiernos estatales o municipales, es urgente recordarles que el poder no solo se ejerce, se honra. Y en política, como en la vida, no saber no es excusa. También es culpa.


















