• Mtra. María de Jesús de la Mora.
  • Investigadora del Centro Universitario de Los Altos.

Llegamos a la mitad del 2025, un momento en el que el pulso de la economía mexicana se siente con mayor intensidad. Estamos a las puertas de poder conocer los indicadores económicos más destacados que, sin duda, darán el tono para lo que le queda al año. Una de las más esperadas es la inflación del segundo trimestre del 2025, y todo apunta a que será mayor al 4.60%.

¿Por qué este pronóstico negativo? Las razones son varias y se entrelazan entre causas internas y un denso tejido de hechos internacionales.

La presión inflacionaria no se suscita de un solo punto, pero de una convergencia de situaciones que han afectado directamente la cadena de suministro y los costos de producción. A continuación, las enumero:

Amenazas Aduaneras de EE. UU: El Gobierno estadounidense ha estado durante varios meses (de enero hasta mayo) en un terreno firme de amenaza de aumento de aranceles a las exportaciones mexicanas. Esto ha generado tanta incertidumbre que ha obligado a muchas empresas a tomar decisiones difíciles: cambiar su producción o, más normalmente, subir sus precios a ser capaces de cobrar por estos aranceles inminentes. El precio final, inevitablemente, pasa a la boca del consumidor.

La aplicación de nuevos impuestos a las remesas enviadas desde Estados Unidos hacia el mundo, incluyendo México, significa una pérdida de poder adquisitivo para millones de hogares que se apoyan en estos recursos. Con menos dinero disponible, se agrava la presión hacia los precios de bienes y servicios esenciales.

La renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC), las últimas reformas a la Ley Federal del Trabajo (con el objetivo de aumentar los días de vacaciones y reducir la jornada laboral a 40 horas) aunque son favorables para los trabajadores, también conducen a incrementos en el costo laboral de las empresas, lo que podría tener efecto en precios finales.

Presiones sobre la crisis migratoria estadounidense, sumadas a la crisis de seguridad derivada del consumo y distribución de sustancias ilegalmente fabricadas como el fentanilo, llegan con un impacto indirecto pero considerable. Estas situaciones pueden afectar la percepción de riesgo del país, incidir en las decisiones de inversión exterior y, en potencial, generar fricciones comerciales que perjudiquen la economía.

Aparte de los factores anteriores, existen sectores específicos afectados por diversos factores, que también contribuyen a la presión inflacionaria:

La caída de las exportaciones de ciertos productos derivados del ganado bovino, provocada por el riesgo de la dispersión del gusano barrenador, y la contaminación huevos con salmonella en Estados Unidos conducen a la reducción directa de la oferta de productos básicos, lo que genera la posibilidad de una escasez y, por lo tanto, un aumento de los precios de los alimentos esenciales.

El conflicto armado con Irán, sumado a la polémica guerra entre Israel y Palestina, mantienen los mercados globales en vilo. La reciente información sobre un posible bombardeo a Arabia Saudita por parte de Irán, y la consecuente posibilidad de que aquella nación se una a este conflicto en bloque con Estados Unidos, tiene un impacto directo en el mercado petrolero.

Indudablemente, la mezcla petrolera variará en su precio, ya sea por la financiación militar o por la necesidad de proteger la industria. Esto se traducirá en movimientos en el precio de las gasolinas, afectando directamente el costo del transporte y, por ende, el de casi todos los productos y servicios.

En este panorama, es fundamental recordar que estamos en una época del año en la que los consumidores tienden a sacrificar los gastos “no indispensables”. Es previsible que observemos una disminución en los servicios vacacionales. Hoteles, restaurantes y transportes turísticos serán los primeros en ser considerados prescindibles por los consumidores que ajustan sus presupuestos ante la presión inflacionaria.

Este panorama económico nos invita a una reflexión profunda sobre la resiliencia de nuestra economía frente a desafíos tanto internos como globales. La inflación no es solo un número; es un reflejo de las presiones que enfrentan las familias mexicanas día a día.