La República Democrática Alemana, Alemania Oriental o Alemania del Este, se propuso mostrarle al régimen soviético que, al menos en algunos aspectos, el dicho que reza “el alumno supera al maestro” se podía hacer realidad en su territorio.
A partir de la división del territorio alemán que provocaron los acuerdos entre las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, unos tres millones de personas decidieron abandonar paulatinamente las “bondades” que les ofrecía la recién creada Alemania Oriental, movidas sobre todo por una difícil situación económica que no tenía vistos de componerse.
¿Cómo hacer para que tus ciudadanos se mantengan fieles a tu estado, vean sus virtudes y “privilegios” y abandonen la idea de migrar a tierras mejores? Sencillo: constrúyeles un muro.
El 13 de agosto de 1961, los alemanes de ambos lados iniciaron ese día con la sorpresa de la colocación de una alambrada provisional de varias decenas de kilómetros, que separaba las dos partes de Berlín.
La alambrada se terminaría convirtiendo en un muro de hormigón que no sólo dividiría las dos Alemanias, sino que tendría varios significados, en lo geo-político, económico e ideológico. Pero hay que decirlo: no sólo fue un símbolo, sino una verdadera herramienta de contención física.
Para Alemania del Este, el muro ayudaría a inhibir a sus ciudadanos en sus planes de encontrar, en el estado vecino, mejores oportunidades en lo laboral y en el ejercicio de sus libertades ciudadanas, y/o de reencontrarse con sus seres queridos del lado de la República Federal de Alemania, Alemania Occidental o Alemania del Oeste, acompañado de una fuerte y férrea vigilancia que, sin miramiento alguno, dispararía a matar a los audaces que insistieran en materializar esos anhelos.
Desde luego, el muro también significó el encumbramiento de ciertos personajes, especialmente de Erich Milke (aliado mas no amigo de Erich Honecker), quien durante treinta y dos años, hasta la caída del Muro de Berlín, dirigió la despiadada policía política de Alemania del Este, la temida Stasi. De hecho, se cree que el muro ayudó a Milke a promover la necesidad y permanencia de la Stasi, para lograr su propósito.
Y como pasa con los personajes, así como con las situaciones, sean o no agradables, no duran siempre.
Así cómo el régimen de la Alemania Oriental se erigió varios años antes que esa enorme barda, fue el propio régimen que también cayó antes que la demolición física del muro. Se trataba del sistema político, con un alto e infranqueable muro como manifestación física. Al ciudadano de Alemania Oriental, harto de un gobierno que no estaba dispuesto a escuchar y al que sólo le interesaba ganar horas de oxígeno para continuar al mando, ya no le interesaba la flexibilización del régimen para gozar de sólo algunas libertades adicionales, sino su derrumbe total.
En la actualidad, pensar en un muro de hormigón podría parecer una idea anticuada, con el avance tecnológico que existe para resguardar fronteras, si ese fuese el objetivo. Pero hace apenas 32 años (antes de su caída), el Muro de Berlín seguía siendo esa poderosa herramienta para inhibir la migración de los “traidores al régimen”.
Sin embargo, a pesar de lo obsoleta que puede parecer la idea del muro, lo que debe prevalecer es que el ciudadano tiene un límite, a pesar de lo inhumano y represor que puede llegar a ser un gobierno.
Las dictaduras no suelen acudir a las negociaciones de forma sincera y los ciudadanos llegan a darse cuenta de ello. Lo mismo con los gobiernos ineficaces: en algún punto el ciudadano se da cuenta de
que la frase “hay que dejarlos trabajar, las cosas no se solucionan de la noche a la mañana”, tiene fecha de caducidad.
Así que el Muro de Berlín pero, sobre todo, su caída, debería ser una constante llamada de atención a quienes detentan el poder público.
* Licenciado en derecho y maestro en transparencia y protección de datos personales. Actualmente ejerce en el Poder Judicial de la Federación. También ha prestado sus servicios al INAI y a la SEGOB, entre otras instituciones.















