- Columna de opinión.
- Escrita por: Eduardo González Velázquez.
“Podré aceptar todo, menos estar enjaulado”, se escuchaba decir a Tomás al tiempo que jadeaba intentando burlar la persecución de los agentes migratorios en el centro de Miami. El esfuerzo fue en vano. Pronto se encontró con la cara al piso, las manos esposadas y la bota de un agente presionándole la parte trasera del cuello.
Caro le salía el paseo dominical por la pequeña Habana, el barrio cubano que alberga a la mayoría de los isleños contrarios al régimen de Díaz Canel. Muchos de ellos, incluso con voz en pecho, respaldaban la redada y detención de migrantes que miraban llevarse a cabo frente a ellos. “Llévenselos, ya no cabemos”, se escuchó decir a un mesero desde un “merendero” como los que ofrecen alimentos a los turistas en el malecón de La Habana. La irracionalidad de sentirse seguro bajo el gobierno de Donald Trump inundaba los pensamientos de los comensales.
Tomás conocía la experiencia de un vecino enjaulado en una prisión de Texas, sin baño, sin cama, sin agua, con poco alimento, solo vigilancia y abuso de los celadores. Un lugar donde había que orinar en una botella y recostarse sobre cartones manchados con heces fecales. Y lo peor, como no existe normativa oficial para limitar el uso de las jaulas para detener personas, los presos pueden quedar dentro de ellas por tiempo indefinido, no obstante que algunas autoridades “recomiendan” para este tipo de encierro un periodo máximo de uso de 12 horas. Incluso, se ha documentado que personas con trastornos mentales han pasado días en las “jaulas de contención”.
Camino al centro de detención “Alcatraz de los caimanes” en los Everglades de Florida, fueron pasando esas imágenes por la mente de Tomás, los recuerdos de las pláticas con su vecino Miguel lo hacían sudar y no dejar de pensar en Rosalba su esposa y madre de la pequeña Sofía nacida en Tampa Bay, quienes había librado la redada.
¡Listo, entra! Se escuchó la violenta orden del celador. “De aquí solo saldrás vivo a tu país, o devorado por los caimanes”, remató el oficial con evidente gusto por el futuro que le esperaba a quien llevaba 15 años viviendo en el sur de la Florida trabajando en los naranjales del condado de Polk. Se encontraba en el umbral de una jaula de malla metálica de escasos cinco metros cuadrados. Solo había espacio para una litera, “eso quiere decir que estaremos dos personas aquí adentro”, pensó inmediatamente el oriundo de Martínez de la Torre, Veracruz, lugar donde aprendió las artes del cultivo de la naranja. El enrejado no tiene escusado, ni lavabo. El sueño americano terminaba aprisionado.
El uso de jaulas es solo uno de los muchos horrores del sistema penitenciario federal de Estados Unidos. La ignominia como forma de maltrato, sobajar como estrategia para quebrar a los detenidos, deshonrar a los cuerpos ultrajados por el racismo y la xenofobia envueltos en estrategias de seguridad. Migrantes sometidos al oprobio por buscar un lugar donde vivir.
De cara a la bajeza de enjaular a las personas, Tomás solo resuelve gritar en silencio: “No quiero estar enjaulado”.
- Profesor del Tecnológico de Monterrey.
- @contodoytriques.

















