El proceso electoral de 2021 ya está a la vuelta de la esquina. A pesar de la pandemia y la crisis económica la grilla no descansa y rumbo a los comicios del año próximo se vislumbra un bipartidismo de facto, al menos en lo federal, pues en los estados y municipios podría ser distinto.
Durante años, muchas personas externaban su deseo de que en México sólo hubiera dos partidos, al estilo de Estados Unidos. Se pronunciaban por la desaparición de la chiquillada debido a los recursos financieros que consumen.
Esto no se logró nunca. México es un país plural y diverso y así se reflejaba en existencia de partidos políticos. Algunos que fueron simplemente compadrazgo parasitario y otros se volvieron franquicias familiares, hay que decirlo.
Hay que recordar el papel ignominioso que en su momento ejercieron partidos políticos como el PARM, el PPS, el PSUM, el PSN. Hoy en el nuevo régimen esa estrategia de los partidos satélite luce más vigente que nunca.
Entre la polarización que vive el país todo indica que para 2021 existirá especie de sistema bipartidista en la práctica: el bando a favor de la Cuarta Transformación y los opositores al actual régimen.
Este 18 de junio las dirigencias nacionales de Morena, Partido del Trabajo y el camaleónico Partido Verde anunciaron que comenzarán las pláticas para integrar una coalición electoral para el 2021. Muy probablemente el sucesor del ultraconservador Partido Encuentro Social que obtendría su registro en las próximas semanas también se sume esa gran alianza.
En el otro lado, el presidente nacional del Partido Acción Nacional, Marko Cortés, anunció que invitara formalmente a Movimiento Ciudadano y al disminuido Partido de la Revolución Democrática a integrar de nuevo la alianza del 2018. Aunque el dirigente nacional naranja, Clemente Castañeda, declaró que por lo pronto no es tiempo de pensar en asuntos electorales, tarde que temprano se habrá de discutir.
Lo cierto es que este bipartidismo de facto nada tiene que ver con los bipartidismos formales que existen en otros países, donde cada gran partido enarbola una bandera ideológica y doctrinaria muy concreta.
Aquí no hay nada de eso. Por eso vemos al neonacionalismo revolucionario de Morena, mezclado con el marxismo-leninismo del PT y con el Verde, que en sus documentos de doctrina se presenta como ecologista, pero que en los hechos ha sido difícil encasillarlo en algún espacio del espectro político, pues no ha tenido empacho en confeccionar alianzas estratégicas con institutos como el PAN (2000), el PRI (de 2006 al 2018) y ahora con el lopezobradorismo.
En el otro bando, Acción Nacional, partido de centro-derecha y humanista (así se define en sus principios de doctrina) con Movimiento Ciudadano, de orientación social-demócrata y el PRD, de izquierda democrática.
Son todos, partidos con ideologías distintas pero que los une una coincidencia coyuntural: el apoyo o el rechazo al actual presidente de México.
Es así, como en el proceso electoral 2021 veremos competir a dos grandes bloques de facto: los lopezobradoristas contra los antilopezobradoristas. Una especie de bipartidismo de facto, en la que por cierto, por ahora no cabe el PRI.
















