- Columna de opinión.
- Escrita por: Eduardo González Velázquez.
- @contodoytriques.
La pregunta es frecuente, muchas veces mordaz: “¿para qué sirve la historia?” Realmente tendrá alguna utilidad para los estudiantes de relaciones internacionales, leyes, ingeniería, contaduría, comercio, arquitectura, diseño y mercadotecnia aprender historia; o será que “la historia” se archiva, en el mejor de los escenarios, en las gavetas de materias que “sirven para subir promedio”; o peor aún, en aquellas que “no son de mi carrera”; “que son de relleno”; “que solamente dan cultura”.
La importancia y la utilidad del saber histórico se impone en cualquier área del conocimiento, consecuentemente la enseñanza de la historia resulta fundamental no solo en la universidad sino a lo largo de toda la formación académica sin importar la parcela de conocimiento que se quiera arar. Inclusive, brinca las trancas de la universidad para instalarse como un bien necesario para la vida, esto debido, a que su objeto de estudio son las relaciones sociales entre las personas y la diversidad de cambios que genera la confrontación de variados y disímbolos sistemas de pensamiento establecidos en el tiempo y el espacio.
No se trata aquí de abonar la hijuela de uno, de conseguir abonados para el gremio de Clío; en realidad el valor del conocimiento histórico está dado. Sería estéril que la discusión se centrara en la importancia o no de la historia. Basta decir que ninguna de las respuestas a las preguntas que hoy podemos formularnos sobre el presente sería posible en ausencia del saber histórico, razón por la cual, el pasado solamente podemos captarlo y comprenderlo a través del cristal del presente, y es con relación a él que el pretérito cobra significado. Los dos se determinan mutuamente: la incomprensión del presente nace de la ignorancia del pasado, de igual manera no podremos esforzarnos en comprender el pasado, si no sabemos nada del presente. La historia irrumpe como ejemplo de la dialéctica del conocimiento.
Es necesario no quedarnos solamente en la experiencia, es imprescindible pasar a la conciencia histórica, este salto cualitativo fundamental se da al preguntarnos: ¿Por qué sucedió tal o cual cosa? ¿Qué consecuencias tuvo? ¿Cómo se comenzó a gestar y posteriormente a manifestar un acontecimiento? ¿En qué consistió verdaderamente? ¿Cuáles fueron sus repercusiones? ¿Dónde las principales? ¿A quiénes afectó más? ¿Qué significado tiene lo que está sucediendo con respecto a la problemática social? ¿Qué puede esperarse en el futuro? ¿Qué significa lo acontecido en tal cultura, en tal época, en tal lugar, y por qué? Evidentemente no significan lo mismo las palabras en una cultura que en otra, ni siquiera dentro de la misma cultura en épocas distintas. Estas preguntas forzosamente serán respondidas con el conocimiento específicamente histórico, pero a partir de una necesidad presente, de la experiencia histórica y la reflexión sobre nuestra historicidad.
Esta reflexión y el conocimiento de la historia, mas no el constructo con supuestos o sentimientos que tengamos frente a un fenómeno social determinado, necesariamente nos llevarán a tomar conciencia histórica de nuestra realidad. Asimismo, nos posibilitarán el contacto con los diversos horizontes de épocas y culturas distintas a nuestro presente histórico, con lo que caeremos en cuenta que el proceso histórico es un todo donde el pretérito determina inexorablemente el presente y juntos proyectan el futuro, que no lo predicen.
Pensar históricamente constituye una de las facultades inherentes a las sociedades humanas por su misma condición de grupos finitos de individuos heterogéneos, con hábitos de existencia necesariamente gregarios y con capacidades racionales y comunicativas. Dicha concepción histórica de su pasado común se convierte en una suerte de pieza clave para la identificación, orientación y supervivencia de cualquier grupo humano en el contexto natural y cultural donde se encuentra emplazado.
La tradición historiográfica ha pugnado a favor de que el conocimiento histórico sea visto como una herramienta para comprender el presente. Que sea visto no como un fin sino como un medio para aprehender la realidad. En consecuencia, el punto central de la reflexión en torno a la historia no es ver de qué manera le llenamos la cabeza de datos a la sociedad, sino lograr que esos conocimientos puedan ser aplicados en el análisis de la realidad.
Así, el conocimiento histórico debe influir en el mejoramiento del presente de las sociedades, pero no puede ser visto como un bien privado, como un bien de pocos utilizado para su beneficio en prejuicio de los muchos. Los pequeños grupos que poseen conocimiento histórico saben que si controlan el pasado tendrán mayores posibilidades de controlar el futuro y desde luego, al dominar el presente reescribirán el pasado. Por ello, una sociedad que no conoce su historia se encuentra doblemente vulnerable: por un lado, repite el camino andado y por otro, que es el aspecto más delicado, su pasado es manipulado y reinventado por el grupo en el poder. De ahí su doble vulnerabilidad que la deja en la indefensión ante las arremetidas del poder.
En este sentido, no se trata únicamente de consumir el conocimiento histórico sino también de producirlo, entenderlo y utilizarlo. La frase que suele aparecer en el imaginario colectivo: “la historia la hacen los historiadores” no es correcta; la historia la hacen los hombres y las mujeres, y en todo caso la escriben los historiadores. De cualquier manera, este conocimiento no es propiedad de un pequeño grupo, contrariamente deberá alcanzar a más personas para su uso, comprensión y disfrute.
Por ello es fundamental luchar por la desmitificación de la historia como algo exclusivo de los profesionales de Clío, los clíonautas decía Luis González; la historia debe ocupar un lugar central en el conocimiento de la sociedad, en su imaginario colectivo, en la manera de ver el mundo. Debe ser pensada como un bien que sirva para mejorar la convivencia humana. Si logramos que la historia sea vista como una guía que nos permita caminar con mayor claridad hacia una sociedad más justa, igualitaria e incluyente, y no como un cúmulo de saberes huecos sin sentido, su importancia estará dada ante los ojos de las mayorías y su beneficio también.
Desde su aparición, el trabajo de los historiadores ha sido explicar por qué estamos aquí y no en otra parte, cómo podemos mejorar el presente y sobre todo el futuro. Los historiadores no le metemos mano al pasado, no lo juzgamos, no lo justificamos, solamente lo interpretamos, lo explicamos; pero no influimos en él, ni tampoco somos notarios públicos del pretérito. Donde sí podemos influir es en la construcción (no en la predicción) del futuro y en la explicación del presente. A pesar de que la tarea de escribir la historia está limitada a los historiadores, estamos ciertos de que la labor quedaría a la mitad del camino si la sociedad en su conjunto no consume los planteamientos de los agremiados a Clío. El papel de los historiadores y la importancia de la historia se establece a partir de dos partes: los productores y los consumidores y la relación dialéctica en la producción del conocimiento histórico.
Despreciamos la historia, pero buscamos su abrigo. Cuestionamos su enseñanza, su estudio y el conocimiento que genera, pero la utilizamos para justificarnos. Le encargamos que juzgue nuestros actos, que determine si acertamos o no con ellos, que fiscalice nuestro proceder, pero le negamos su importancia dentro del saber social. Buscamos su absolución, pero le impedimos que entre a la arena de la discusión. Pretendemos su resguardo de hermana mayor, pero la tratamos como la media hermana menor. Con frecuencia hacemos uso del saber histórico, pero sin saber por qué. Nos justifica, pero no le otorgamos el crédito.
Pareciera que la historia siempre ha estado ahí, que nos brinca, pero somos incapaces de aprehenderla, aunque paradójicamente en ocasiones no podemos desprendernos de ella. Por momentos suele pesar más el pasado que el presente. En muchas ocasiones utilizamos el término historia, aunque en muchas otras no estamos ciertos de su uso y utilidad, menos aún de su disfrute. Pero no solo eso, el apellido en casi cualquier evento de la cotidianidad es “histórico”. Pero realmente para qué nos sirve la historia, tendrá alguna utilidad práctica más allá de honrar el panteón de los héroes nacionales (que por cierto hace ya tiempo que no se renuevan) y encontrarle el sentido ontológico a los puentes vacacionales y a los nombres de las calles y plazas públicas de la ciudad, cayendo con esto en una memoria histórica nutrida por los días de asueto de la religión civil, sin que podamos superar la etapa de la memoria inmediata y reciente y con ello arribar a una etapa superior de memoria histórica racionalista evitando ser históricamente analfabetos, ser los eternos colonizados históricos.
Sí, la historia tiene una gran variedad de usos, como necesidades tiene el hombre de conocer su pasado. Cada persona busca satisfacer necesidades diferentes, cada historia responde a intereses diversos de clases, académicos, sociales, políticos que estarán determinando el uso y abuso del saber histórico. Las diversas historias surgen de variados intereses sociales. No se trata aquí de decir qué historia es mejor o peor, sino de identificar la historia que permita explicar con mayor claridad y amplitud la realidad histórico-social de un pueblo.
No hablamos precisamente de historias a la medida, pero sí de historias que responden a los intereses particulares del grupo que las generan: “dime quién escribe la historia y te diré qué dice”. El historiador no puede ora pasar por el filo de esta realidad ora ignorarla y no asirse a ella; por el contrario, los clíonautas escribimos desde el divisadero donde vemos pasar el tiempo, no podemos ver el pretérito más que desde nuestra tribuna. En algunas ocasiones la butaca de esa tribuna no la paga el inquilino de Clío sino el que pide la historia. A partir de aquí la historia que generamos es multifacética y por lo tanto multifuncional. Historias, todas ellas, que lo son de la patria o de la matria. Historias, algunas de ellas, que aún no han sido contadas. Historias, todas ellas, donde usamos y abusamos del saber histórico.
Aquí está la verdadera tarea de los historiadores: elaborar una historia crítica que genere una conciencia social, que rompa con el letargo histórico de los pueblos. La enseñanza debe brincar el ámbito de lo académico y enseñar en la política y la opinión pública. Si la historia no la utilizamos para abrazar, comprender y aceptar la diversidad de la humanidad no tiene utilidad. La historia debe servir para que no se instale la amnesia donde antes había memoria. No podemos olvidar que la historia no solamente significa pasado, hacer historia implica mirar por el retrovisor del auto para tomar la mejor decisión hacia delante. Volteamos para atrás pensando en adelante.
La historia que hagamos deberá hacernos soñar, pero no embriagarnos; deberá crear memoria histórica, pero no instalar la falsa memoria; deberá poner en su justa dimensión los hechos históricos sin caer en exageraciones que solamente conducen al delirio de grandeza y vuelven a los pueblos sociedades amargas, soberbias y vanas; deberá conseguir mayor claridad en la comprensión de una cultura; deberá ser el resultado sintético de los conocimientos analíticos y no un cúmulo de datos huecos; deberá ayudarnos a captar y medir –geográfica y socialmente- la inevitable heterogeneidad cultural de la humanidad. Sin esta práctica historiográfica estaremos muy lejos de hallar el sentido a nuestro presente y la dirección de nuestro futuro.
Si bien es cierto que el horizonte se muestra con ciertos nubarrones que en ocasiones oscurecen demasiado el firmamento y que buena parte de la parcela historiográfica luce desolada; también es indudable que algunos surcos se comienzan a sembrar, aunque es imperativo utilizar buenos sembradores, semillas mejoradas, abono suficiente y grandes cantidades de agua y sol.
Solamente así y recuperando el valor narrativo y pedagógico que tienen los textos históricos; además de enseñarle a los alumnos a preguntarle al pasado, para explicarse el presente, y teniendo una visión de todos los fenómenos abordados del presente o del pasado desde una óptica densamente histórica, que permita delimitar su verdadera profundidad y sentido temporal, el campo de la historia podrá generar frutos dentro de nuestra sociedad en general.


















