Cuestionemos el llamado al ciudadano consciente y responsable. Al ciudadano consciente se le ha impuesto la figura de un sujeto sentado que sólo observa los debates y las declaraciones de los contendientes que circulan en varias vías de comunicación. Una idea sobre la pasividad ciudadana que sólo es receptora de los mensajes y que su única responsabilidad, para mantener a la democracia viva, será que vaya a depositar su boleta, cruzando al partido o al personaje de su preferencia y ya, eso es todo.

El sistema electoral hará lo suyo para reconocer la decisión del ciudadano (sí, el responsable o consciente) que eligió al político, que es el que finalmente hará el trabajo con la legitimidad que ese ciudadano (otra vez responsable y consciente) le ha conferido en las urnas. El ciudadano, pues, se deslinda del asunto público, porque para eso está el político. Lo demás que ruede. Cada tres años se le vuelve a convocar para hacer lo mismo y así es como funciona la democracia.

Pero antes, al ciudadano (sí, el consciente y responsable) lo meten a la veda. Tres días absolutos donde los partidos políticos tienen prohibido hacerse presentes, en el que se verán obligados a cumplir con un silencio, que tiene como finalidad a llevar al votante (ciudadano consciente y responsable) a la reflexión sobre las ofertas políticas.

La veda, según dicen, evita que el calor de las declaraciones y la pasión de la contienda nuble la racionalidad de la ciudadanía que irá a las urnas a elegir a sus representantes populares. Que a los ciudadanos hay que dejarles en su espacio de deliberación, que contrasten las ideas y los posicionamientos políticos que han escuchado; que reconozcan las trayectorias de las personas que se atrevieron a buscar una alcaldía, una diputación o cualquier cargo según sea el caso, y que orienten su preferencias en función a las capacidades y aptitudes, más allá del partido que los postula.

Esa es la receta que se ha instalado en la clase política mexicana. Liberal o estatista, no importa. La función del ciudadano es únicamente darle la legitimidad al político contemporáneo a través de las urnas, porque esa legitimidad es la que servirá para justificar sus actos futuros. La boleta electoral se ha vuelto un premio ambicioso para el político, porque no sólo le da la entrada al cargo público que tanto busca, sino que le sirve para ganar simbólicamente el ejercicio del poder sin cuestionamiento alguno.
Ese es un problema sustancial que no hemos desmenuzado correctamente. El ejercicio ciudadano se ha reducido a lo electoral y se ha renunciado a la posibilidad masiva de exigir cuentas y buscar castigos ejemplares para aquellos que no han cumplido. La democracia se ha confundido con lo electoral cuando se afirma que sólo con el voto se consolidan a las instituciones que nos pueden garantizar el acceso a los derechos humanos o a los servicios públicos que constantemente repiten, como buenos merolicos, durante las campañas.

La democracia no es crear contrapesos por crearlos, sobre todo cuando la realidad que tenemos en México es que todos los partidos políticos hacen gobierno de manera simultánea y son en parte responsables de los grandes problemas que aquejan a millones de personas en el país. La inseguridad, el narcotráfico, las desigualdades y la corrupción se dan en el plano nacional y subnacional, en los estados donde gobierna el partido del presidente de la República y en aquellos controlados por los partidos de la oposición. Responsabilidades nacionales y locales no asumidas.
Por eso da risa el descaro de pedir un voto útil. Voto útil ¿para qué? ¿para quién? ¿por qué? Pedirlo no sólo demerita la inteligencia colectiva del ciudadano que ve más allá de ir el próximo 6 de junio a las urnas, sino que atenta la pluralidad política que busca, curiosamente, la democracia liberal que ahora sus principales defensores desconocen.

Se sabe que los partidos políticos y sus candidatos han dejado pasar, una vez más, la oportunidad para que sus propuestas se escucharan más que sus ocurrencias, gritos y sombrerazos y que al no existir nada que sostenga las narrativas huecas, lo único que propicia es que la gente acumule hartazgo y por ende, falte a votar el día de la elección.

Desafortunadamente, para este año se puede decir que no se renunció a la improvisación, sino que se intensificó y maximizó ahora con las herramientas digitales a la mano.

La primera culpa la tienen los asesores y consultores en comunicación política volvieron a recetar y a reciclar consignas, a colocarles a sus clientes promesas que cada vez se alejan de las realidades complejas, aquellas que ahogan a las comunidades; pero ahora se volaron la barda al pedir, casi exigir, votos útiles. Una solicitud que atenta a la memoria colectiva.