• Columna de opinión por Julio Ríos
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El Mundial de fútbol en México fue un cuento de hadas. Por 25 días tuvimos una tregua en la que el país respiró oxígeno fresco. Se pausó la polarización, bajó el ruido de la violencia y vivimos una fantasía colectiva. Por primera vez en mucho tiempo, fuimos simplemente mexicanos, unidos, sin rencores sobre la mesa.

Durante los días que la Selección mexicana compitió, los homicidios cayeron 33%. Hubo incluso una jornada sin un solo asesinato en el país. Una estadística excepcional. Desgraciadamente no fue perfecto porque hubo personas que perdieron la vida durante los festejos del triunfo contra Ecuador.

La derrama económica tampoco fue menor. Aunque el turismo internacional no alcanzó las proyecciones prometidas, los restaurantes y centros comerciales se llenaron. Familias enteras se reunieron a ver los partidos. La camiseta de México fue la más vendida de la conocida marca alemana: cinco millones de piezas.

El Mundial sirvió como cicatrizante para la marca país. Durante años, la percepción en el extranjero era la de una nación en llamas, alimentada por la magnificación — a veces justa, en otras no— de hechos terribles. Los visitantes se fueron con otra imagen: la de la calidez de los mexicanos, la fiesta, las bellezas turísticas. Eso también eleva la autoestima nacional.

Guadalajara, Ciudad de México y Monterrey fueron sedes de primer nivel. Las amenazas de boicot pronto se esfumaron. Ya ni quien se acuerde de los chantajes de la CNTE. México estuvo a la altura. Y sobre todo, la capital de Jalisco fue la que mejor hizo las cosas y presumió esa mexicanidad que nos caracteriza.

No soy ingenuo. El fútbol no arregla los problemas de fondo. La violencia, la desigualdad, la corrupción: todo sigue ahí.

Pero lo cierto es que sí fue un bálsamo. Un desacato al pesimismo de quienes prefieren que le vaya mal a México.

El silbatazo final no debería marcar el fin de la tregua. Por 25 días de felicidad supimos quiénes podemos ser. La pregunta es si tendremos el valor de serlo los 340 días restantes. O mejor aún: que ya necesitemos otro Mundial para unirnos. Necesitamos recordar que ya lo hicimos una vez, y funcionó.