Por: Eduardo González Velázquez.
Mujeres y hombres adultas, menores de edad y adolescentes, de estrato social bajo, medio o alto, que viven en cualquier punto del Área Metropolitana de Guadalajara o del estado de Jalisco, incrustados en el mercado de trabajo o desempleados, estudiando o fuera del sistema educativo, no importa el perfil de las personas, en Jalisco los ciudadanos vivimos bajo la espada de Damocles materializada en la desaparición forzada.

Bardas, postes, puestos de periódicos, monumentos históricos, glorietas, transporte público, escuelas, hospitales, oficinas de gobierno, templos, mercados, centros comerciales, cualquier lugar es adecuado para pegar las cédulas de búsqueda de miles de personas desaparecidas en nuestro estado.
La desesperación y angustia de las familias se puede leer en cada cédula de búsqueda: Nombre, Edad, Cabello, Tez, Complexión, Estatura, Vestimenta, Fecha, Lugar, y la lapidaria sentencia: Se le vio por última vez.
Hoy en día, las estrategias gubernamentales para enfrentar este flagelo no parecen dar buenos resultados. Las desapariciones se multiplican, la insensibilidad de las autoridades alimenta el coraje y la rabia de los familiares y amigos a quienes les falta un miembro de su comunidad. La politización que algunos actores pretenden hacer de esta tragedia ofende a propios y extraños. Las mujeres buscadoras en la mayoría de los casos encuentran dolor y desolación.
Las desapariciones forzadas en Jalisco son el rostro de la ignominia, es la pesada realidad que enfrentamos en cualquier rincón del territorio cuando salimos de nuestras viviendas al trabajo, la escuela, los centros de abasto, los espacios recreativos, pero lo hacemos sin la certeza de regresar. Cualquier espacio público es apropiado para ser desaparecido en este estado.
Vivimos y sufrimos la normalización de la ausencia. El dolor de la pérdida. El coraje del arrebato de un ser querido. La impotencia ante la sordera gubernamental. La tristeza del futuro trastocado desde la raíz porque ya no caminaremos los que iniciamos el andar. La frustración por una sociedad mutilada que no encuentra la resonancia necesaria para detener este flagelo. Experimentamos el miedo al pensar que podemos ser la próxima persona desaparecida.
A no dudar, en la búsqueda de quienes nos faltan la sociedad civil estamos casi solos, las autoridades se encuentran superadas, desbordadas por los cuatro costados, además de la incompetencia que inunda su quehacer y la falta de recursos y voluntad política para enfrentar la persistente tragedia jalisciense de las personas desaparecidas.
“Se le vio por última vez”, es la sentencia que urge desterrar de la narrativa de los jaliscienses. “Se le vio por última vez”, es el resultado de quienes lucran con la vida de las personas condenándolas a la desaparición forzada. “Se le vio por última vez”, debe ser el recuerdo constante para que el gobierno haga lo necesario para terminar con las desapariciones en Jalisco.
- Eduardo González Velázquez.
- Profesor del Tec de Monterrey.
- @contodoytriques.


















