​​​ José Vega Talamantes *

La problemática de la corrupción suele estar envuelta en declaraciones bastante comunes. “Es un flagelo”. “Es un mal con el cual un país no puede avanzar”. “Hay que ir a las entrañas de la corrupción para eliminarla”.

En ese sentido, pasando al lado incómodo, una de las declaraciones que más ámpula ha levantado en la sociedad con respecto al tema (sobre todo en ese sector que se autodenominan intelectuales y/o sociedad civil organizada), es aquella en que el ex presidente Enrique Peña Nieto señaló que la corrupción es cultural.

Me parece que el ex mandatario pudo haber equivocado el momento en el que realizó la declaración y también pudo no haber utilizado la palabra correcta, pero expresó algo que él sabía muy bien, sólo que en otras palabras: la corrupción tiene un arraigo tremendo en la sociedad mexicana. Y la sociedad mexicana la compone el rico, el pobre, el poderoso, el desvalido, el de izquierda, el de derecha, etcétera.

Y digo que ese asunto lo conoce muy bien el ex presidente porque, realmente, dudo que una figura que alcance a llegar a la titularidad del Ejecutivo Federal de este país esté exenta de convivir con la corrupción en algún punto de su carrera política, para poder llegar a la silla presidencial. Las ocasiones y formas podrían ser tan variadas que serían imposibles de listar aquí.

En el caso del ex mandatario, más que la corrupción de su propia persona, en forma directa, pienso que lo marcó más todo lo que él mismo solapó a esa supuesta nueva generación de gobernadores que representarían al nuevo PRI, pero que resultaron más descarados que sus antecesores para aprovecharse del poder que la ciudadanía les otorgó. Prácticamente, todos ellos ya en prisión.

Pero bueno, siguiendo con el tema, el alcance de esta columna no da para ponernos a desentrañar lo que implica que un comportamiento sea “cultural” o no, pero el hecho es que la corrupción es, en muchos casos, un modus vivendi en este país. Para ser justos, no sólo en México, sino también en prácticamente todos los países que presentan un atraso en los diversos índices que se utilizan para medir su desarrollo.

Dice Michel Rowland que, en términos simples, la corrupción es “el abuso de poder público para obtener beneficio particular” (el autor aporta distintos aspectos de la corrupción en un artículo denominado Visión contemporánea de la corrupción, que se puede consultar aquí https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/11/5005/18.pdf).

En tal sentido, la definición necesariamente involucra a los funcionarios públicos, pues son quienes detentan ese poder público del cual habla el autor.

Pero se quiera o no, el engranaje de la corrupción también involucra a los particulares y, en no pocas ocasiones, son ellos quienes instan al poder público a cometer el acto de corrupción.

La corrupción, como negocio, tiene grandes oportunidades y otras menos atractivas. Depende del objeto que persiga y de los personajes involucrados. No es de la misma magnitud la típica extorsión al agente de vialidad, que el soborno para obtener el contrato para realizar una obra pública, por poner un ejemplo.

Pero conceptualmente o como negocio, la corrupción desemboca, finalmente, en un pacto social.

La óptica de la corrupción como “los buenos contra los malos” podría llevar a varios a la hipocresía, pues algunos de esos que se consideran sin mácula, quizá no han estado ante una ocasión de caer. O bien, han hecho concesiones que ellos mismos consideran menores, pero que finalmente son indebidas.

Hasta este punto de la corrupción en México, resulta bastante cándido que se piense que el ambiente donde se desarrolla es el de las oficinas públicas. Como definición podría aceptarse que ese es el ámbito en el que se desarrolla, pero su origen pudiera estar en situaciones mucho más simples, como adelantarse indebidamente en una fila para obtener un servicio.

A veces, en esa simple fila, el que se mete indebidamente está solapado por todos los que no le reclaman. Quizá algunos, en su interior, piensan algo así como “está bien, también yo lo hago seguido”.

La corrupción es un flagelo, es un mal y es muchas otras cosas. Pero, sin verla también como un pacto social, difícilmente se tendrá la óptica correcta para su debido combate.

* Licenciado en derecho y maestro en transparencia y protección de datos personales. Actualmente realiza estudios de doctorado.