Decenas de mujeres se reúnen en la Glorieta de Insurgentes para participar en la marcha contra la violencia hacia las mujeres, Foto: NOTIMEX / ROMINA SOLIS

La esencia del Estado supone que debe ser un medio de organización de las personas que pueda garantizar ciertos factores para que sus integrantes encontremos el último fin, la felicidad. Estos factores, entre otros, son el bienestar y la seguridad.

No es noticia que México esté fallando rotundamente en la garantía de estos dos principios, pero no lo hace de una manera igualitaria entre las personas. Tan solo de enero a agosto del presente año 1,722 mujeres han sido asesinadas en este país, esto sin contar quienes no entraron en las cifras, o que sus cuerpos aún no aparecían.

Todos los días comparto en mis redes una foto nueva de una mujer desaparecida, TODOS-LOS-DÍAS. Todos los días veo nuevas caras de mujeres que han desaparecido y que sus familiares o seres queridos buscan fervientemente. Algunas veces, cuando son días buenos, me entero que una de las tantas mujeres que se están buscando en este país ha sido localizada. Tristemente hay más días malos que buenos.

Una práctica que hago constantemente para no normalizar el problema y mantener la rabia que exige al Estado hacer su trabajo, y demanda a mi círculo social que se comporte a la altura y la empatía no se pierda es imaginarme en la situación de todas esas mujeres. ¿Qué pasaría si fuera yo? Muchas veces el dimensionar el problema se vuelve imposible, las cifras son tan altas que no puedo imaginarme en todas ellas, quienes están desaparecidas o se han encontrado muertas.

Y puede parecer una medida exagerada, autodestructiva también, diría yo. Pero el problema está mucho más cerca de lo que queremos ver. La violencia contra las mujeres no es algo que surge de psicópatas o personas con enfermedades mentales. Eso es una falacia inventada por nuestra misma sociedad, alimentada por los medios de comunicación y nuestros representantes del gobierno, que les conviene esa narrativa porque les resta responsabilidad. Nos resta responsabilidad.

Da un miedo terrible encarar la realidad, los feminicidas saben lo que hacen, y lo saben muy bien. Son personas criadas por un sistema patriarcal que ha preponderado sus necesidades siempre antes que las de las mujeres, se creen con el derecho sobre nuestros cuerpos cuando nos tocan por la calle o nos enciman sus cuerpos innecesariamente, se creen con el derecho sobre nuestra paz cuando nos gritan piropos, nos susurran cosas detestables o nos siguen cuando vamos caminando, se creen con el derecho sobre nuestra inteligencia al interrumpirnos cuando participamos, cuando nos explican cosas obvias o no pedidas, o cuando se apoderan de nuestros proyectos o ideas; es así como también se creen con el derecho sobre nosotras cuando nos violan o cuando nos arrebatan la vida.

Todo es un proceso y es parte de un sistema estructural, el feminicida no amanece “loco”, y para comenzar a entender la situación se debe reconocer a lo que nos enfrentamos. Si bien es el Estado quien tiene que garantizarnos seguridad y justicia, los micromachismos sumergidos en todas y todos nosotros, los comentarios machistas, las actitudes violentas, todo contribuye a alimentar lo que culmina en un cartel más de una mujer desaparecida circulando por las redes.

Es por ello que se marcha, se rompe y se pinta.  Es un grito de auxilio y de hartazgo ante un sistema que nos quita la facultad y decisión sobre nuestros cuerpos, nos limita y nos hace caminar con miedo y culpa. Queremos un Estado y un Gobierno que reconozca que hay un problema, no que lo demerite y lo señale de golpeteo político. Queremos vivir en un entorno donde no nos sintamos inseguras.

¡Queremos ser libres!